El Cucaracho vive no muy lejos de aquí, allá donde se encuentran las dos vías, la que viene del interior y la que va a conectarse a la avenida que nos lleva hasta el exterior, personaje lúcido pequeño, siempre deja que su redondo rostro se adorne por ese mostacho, mezcla varonil y espesa de hilos de vello facial matizados con destellos de aceite, sobras de sopa, uno que otro desperdicio corporal mal limpiado y sudor, ese sudor de hombre que a las cinco de la mañana ya está listo. Del cucaracho recuerdo que siempre me lo encontraba en el parque, si ese parque que está al frente, vestido con ese traje deportivo casual de barrio pobre, casi que uniformado con una camiseta de cualquier color, un pantalón azul oscuro, o blanco, o negro y un gorro, más bien un pasamontañas enrollado a la cabeza, fuera la hora que fuera, de madrugada o al medio día siempre salía así, rara vez veía el color de su cabello, es más, rara vez veía su cabello, sospecho que era de color negro, como negro era el cabello de los antiguos indios, esos que poblaron esta y otras mesetas, sin embargo las pocas veces que le vi el cabello, no distinguí el color, siempre tenía esa gorra que no dejaba ver, o cuando estaba sin ella uno no podía distinguir el color, era unas veces castaño oscuro, otras veces negro otras gris.
El cucaracho es un hombre felizmente limpio, siempre antes de salir a abrir el negocio en la mañana y después de darle una y dos y tres y hasta cuatro vueltas al parque, literalmente corriendo, se limpiaba el bigote, con esa agua del depósito donde escanea técnicamente los orificios de los neumáticos y las llantas, él se limpia las axilas, se limpia la cara, se limpia el alma, si, el alma que no tenía retorcida, porque para criar se necesita que el alma no esté retorcida y al cucaracho le gusta criar, con su mujer, esa robusta mujer que lo acompaña todos los días, tiene ya cuatro hijos o quizás sean más, porque él es mayor que ella, seguramente son sólo cuatro con ella, pero a los cuatro no les hace falta nada, ni colegio ni habitación y ni siquiera vestido, el más pequeño, el que tiene como año y medio se la pasa entre las llantas, jugando, juega todo el día, recoge del suelo los residuos que dejan los carros, las puntillas que su papá saca de los neumáticos, y a veces, cuando su padre lo deja, escupe sobre la bomba de los neumáticos así comprueba que la cámara del niple ha cerrado y no va a dejar escapar el aire. Ese niño anda apenas con la camiseta y el pantaloncillo, se le ve mocoso, pero no es nada, está descalzo pero las puntillas y los vidrios no le incomodan, el niño vive así contento, y el cucaracho también; en las tardes la mujer saca su puesto de arepas, ya ha hecho clientela, no vende una sola, vende varias, la gente del barrio sale a comprar en la tarde la vianda, el algo, ese es el papel de la arepa, pero ella no las vende lejos del cucaracho, así evita los celos de su marido, a veces mientras el Cucaracho -despincha- el conductor que en las tardes llega, va hasta el puesto de la mujer y le compra la deliciosa figura geométrica circular, hombre que no es redonda, -redonda es la tierra-, hecha a partir de la harina de maíz que la señora compra en la tienda de la esquina, de vez en cuando vende una arepa y un chorizo –el combo-, vale el doble pero es la compañía ineludible de la arepa.
El cucaracho no cierra tarde, y media hora después de que cierra espera que la mujer entre, le ayuda con el puesto, lo acomoda en el interior de su taller de trabajo y va a descansar, tiene la costumbre de mirar de vez en cuando televisión, cuando hay partidos, cuando hay novelas, no distingue, cualquier cosa le da igual, el cucaracho hace cuentas en la cama, el diario, el plante del negocio, y luego duerme, de vez en cuando toca a la mujer, ya sin apuro, ella está operada, él sabe, de pronto así previenen el quinto, aunque no hay quinto malo, la semana para el Cucaracho termina el jueves, día de baño completo, los viernes siempre se ve limpio, se distingue el color de su piel trigueña, se distingue su origen bogotano, lo que no distingue es el color de su cabello ¡¡ por Dios !!, ese día usted sabe en definitiva como es el cucaracho, ah por las cosas, ese día el cucaracho no corre, ese día echa a lavar su overol, ese día la camiseta del cucaracho es blanca y el niño, el mocoso que deambula con él entre repuestos, neumáticos y desechos de llanta, ese niño es idéntico a él, con todo y su vida que es pesada por sí, el cucaracho nunca se cuestiona, nunca lee, nunca piensa, no lo necesita, porque siempre vive, vivir para él es levantarse todos los días, hacer lo mismo todos los días y sólo de vez en cuando tocar a su mujer.
Fredy de los reyes Corredor
“EL CUCARACHO”
27/08/2010
“Reto el sentido de la Existencia”
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