martes, 7 de septiembre de 2010

EL CUCARACHO VIVE NO MUY LEJOS DE AQUI

El Cucaracho vive no muy lejos de aquí, allá donde se encuentran las dos vías, la que viene del interior y la que va a conectarse a la avenida que nos lleva hasta el exterior, personaje lúcido pequeño, siempre deja que su redondo rostro se adorne por ese mostacho, mezcla varonil y espesa de hilos de vello facial matizados con destellos de aceite, sobras de sopa, uno que otro desperdicio corporal mal limpiado y sudor, ese sudor de hombre que a las cinco de la mañana ya está listo. Del cucaracho recuerdo que siempre me lo encontraba en el parque, si ese parque que está al frente, vestido con ese traje deportivo casual de barrio pobre, casi que uniformado con una camiseta de cualquier color, un pantalón azul oscuro, o blanco, o negro y un gorro, más bien un pasamontañas enrollado a la cabeza, fuera la hora que fuera, de madrugada o al medio día siempre salía así, rara vez veía el color de su cabello, es más, rara vez veía su cabello, sospecho que era de color negro, como negro era el cabello de los antiguos indios, esos que poblaron esta y otras mesetas, sin embargo las pocas veces que le vi el cabello, no distinguí el color, siempre tenía esa gorra que no dejaba ver, o cuando estaba sin ella uno no podía distinguir el color, era unas veces castaño oscuro, otras veces negro otras gris.
El cucaracho es un hombre felizmente limpio, siempre antes de salir a abrir el negocio en la mañana y después de darle una y dos y tres y hasta cuatro vueltas al parque, literalmente corriendo, se limpiaba el bigote, con esa agua del depósito donde escanea técnicamente los orificios de los neumáticos y las llantas, él se limpia las axilas, se limpia la cara, se limpia el alma, si, el alma que no tenía retorcida, porque para criar se necesita que el alma no esté retorcida y al cucaracho le gusta criar, con su mujer, esa robusta mujer que lo acompaña todos los días, tiene ya cuatro hijos o quizás sean más, porque él es mayor que ella, seguramente son sólo cuatro con ella, pero a los cuatro no les hace falta nada, ni colegio ni habitación y ni siquiera vestido, el más pequeño, el que tiene como año y medio se la pasa entre las llantas, jugando, juega todo el día, recoge del suelo los residuos que dejan los carros, las puntillas que su papá saca de los neumáticos, y a veces, cuando su padre lo deja, escupe sobre la bomba de los neumáticos así comprueba que la cámara del niple ha cerrado y no va a dejar escapar el aire. Ese niño anda apenas con la camiseta y el pantaloncillo, se le ve mocoso, pero no es nada, está descalzo pero las puntillas y los vidrios no le incomodan, el niño vive así contento, y el cucaracho también; en las tardes la mujer saca su puesto de arepas, ya ha hecho clientela, no vende una sola, vende varias, la gente del barrio sale a comprar en la tarde la vianda, el algo, ese es el papel de la arepa, pero ella no las vende lejos del cucaracho, así evita los celos de su marido, a veces mientras el Cucaracho -despincha- el conductor que en las tardes llega, va hasta el puesto de la mujer y le compra la deliciosa figura geométrica circular, hombre que no es redonda, -redonda es la tierra-, hecha a partir de la harina de maíz que la señora compra en la tienda de la esquina, de vez en cuando vende una arepa y un chorizo –el combo-, vale el doble pero es la compañía ineludible de la arepa.
El cucaracho no cierra tarde, y media hora después de que cierra espera que la mujer entre, le ayuda con el puesto, lo acomoda en el interior de su taller de trabajo y va a descansar, tiene la costumbre de mirar de vez en cuando televisión, cuando hay partidos, cuando hay novelas, no distingue, cualquier cosa le da igual, el cucaracho hace cuentas en la cama, el diario, el plante del negocio, y luego duerme, de vez en cuando toca a la mujer, ya sin apuro, ella está operada, él sabe, de pronto así previenen el quinto, aunque no hay quinto malo, la semana para el Cucaracho termina el jueves, día de baño completo, los viernes siempre se ve limpio, se distingue el color de su piel trigueña, se distingue su origen bogotano, lo que no distingue es el color de su cabello ¡¡ por Dios !!, ese día usted sabe en definitiva como es el cucaracho, ah por las cosas, ese día el cucaracho no corre, ese día echa a lavar su overol, ese día la camiseta del cucaracho es blanca y el niño, el mocoso que deambula con él entre repuestos, neumáticos y desechos de llanta, ese niño es idéntico a él, con todo y su vida que es pesada por sí, el cucaracho nunca se cuestiona, nunca lee, nunca piensa, no lo necesita, porque siempre vive, vivir para él es levantarse todos los días, hacer lo mismo todos los días y sólo de vez en cuando tocar a su mujer.

Fredy de los reyes Corredor
“EL CUCARACHO”
27/08/2010
“Reto el sentido de la Existencia”

NOSOTROS PAGABAMOS ARRIENDO...

DOCTOR NOSOTROS PAGAMOS ARRIENDO...


Carlos Julio tenia el cuerpo encorvado, contaba ya con 66 años de edad, mal contados y un espíritu alegre dicharachero y bonachón, la enfermedad que lo incapacitaba no le impedía trabajar, echarse al hombro esa caja garabateada donde tenia toda suerte de cremas y cepillos y esa sillita, si esa misma que con dificultad pero con incomparable gracia ubicaba mientras desarmaba su cuerpo con el fin de iniciar el trabajo, esa tarde lluviosa como la de hoy, entró a mi oficina, yo estaba esperándolo como lo hacia los martes y los jueves, si casi siempre, me saludaba con ese tono de confianza y hacia lo mismo, me dejaba sentar en una silla apartada y paso seguido se desarmaba, se sentaba en frente de mí y comenzaba su trabajo, primero el cepillo, luego el agua, luego el betún. Aquél día como era su costumbre habló; tenia apenas 4 años cuando conoció el Bogo-tazo, lo de Gaitán, él y su familia vivían en la Perseverancia;


  • si mi doctor- y vivíamos de arriendo, y vi los camionados de muertos, y cuando sonaba la alarma, era que todos teníamos que estar dentro de las casas, y siempre se escuchaban las balas.

  • Mi hermano, el tercero, ese que sólo vino hasta ahora cuando mande a decir la misa de mi mamá, era ahijado de Gaitan, yo tengo la foto de el y de gloria, cuando era señorita, cuando de niña lo acompañó, mi hermano, el más malo lleva el nombre del finado, también se llama jorge. Yo doctor tenía cinco años, nací en el 44, y mi papá murió en el 52, imagínese, yo era el mayor, tenía que ayudar a criar a mis hermanos, en la calle aprendí lo que sé, y ahora mire, no necesite de ellos para cuidar a mi vieja, todos esto lo hago yo.


Levantó su mano y elevo a la altura de mi vista el grabado de un águila calva con los colores de la bandera americana, detallada al máximo engalanando la tapa más próxima de su caja, y siguió...


  • Al año siguiente de que mi papá murió tuve que coger la calle, cogí este oficio, eso fue en el 53, cuando Rojas, mi papá no lo conoció, llevo desde ese año haciendo esto, trabajando en esto, y no tengo más que primaria, tercero de primaria, pero se leer y escribir y sumar y restar, no he sido bruto en la vida, con eso me defendí, imagínese doctor mi papá murió y a mi me toco ayudar a criar a la plaga de mis hermanos, ninguno doctor, vino a lo del entierro de mi madre, eso si, apenas le habían puesto los ladrillos a la tumba y se me fueron encima, la “cuba”, la cuba casi se desmaya, ella fue la única que la acompañó, y todos me cayeron encima, que uno quería la cama, que otros el radio, que la cobija, que el colchón, cuando nadies ni siquiera veló por ella, yo era el único, por fin les dije pues si queren les entrego la casa también. Mi mujer de buena, teníamos una arroba de papa y con eso les hizo comida, de ahí ni más, hasta ahora...

  • Ahora en la misa mi hermano, el que se llama jorge -por lo del finado Gaitán- me dijo que por que no me iba a vivir cerca de el, que yo así, que el me ayudaba, el vive por allá en meissen, -que tal- me voy de Guatemala para guatepior, imagínese Doctor cuanta gente no matan por allá en ciudad Bolívar, otra ves esos camionados de muertos, nooo yo me quedo ahí, Dios verá.


El hombre, ahora desahogado de su presión se levanto en la misma patética ceremonia, tomo su caja y su sillita, tomo sus muletas y alargo la mano, también en ese patético y repetido ceremonial que yo conocía, - son dos mil quinientos pesos -, recibe cinco mil, me da las vueltas, y me repite con esa voz lacónica de la edad y de la vida:


- DOCTOR, Nosotros pagábamos arriendo cuando mataron a Gaitan, nos tocó encerrarnos en la casa y escuchábamos los tiros en la calle, la alarma del toque de queda era una trompeta, si mi doctor, NOSOTROS PAGABAMOS ARRIENDO y mi papá no conoció a Rojas Pinilla.