Me encontré hace poco tiempo a un hombre ya viejo, era de joven alto y garboso pero de viejo apenas si se podía sostener solo, andaba el anciano siempre asido de su exoesqueleto que no era más que un caminador de esos que se ven en las casas de descanso para personas de la tercera edad, no sé como los llamen allá donde usted vive, aquí los llaman ancianatos; el viejo caminaba a la velocidad que lo permitían sus limitaciones, era de esos viejos que hablan mucho de si mismos, de esos que dicen que todo tiempo pasado fue, y sencillamente ya no es, de esos que comen con alguna lentitud para que el tiempo que inexorablemente pasa no les pase a ellos. Ese pequeño e insignificante hombre que mira el futuro con la resignación de lo que ya está vivido, ese hombre que ya pasaba los sesenta años, ese hombre que acusaba la ceguera de su edad y el abandono del dios que todo lo puede pero que nada hace, ese hombre y con esa limitación que no lo dejaba caminar, ese hombre paró un momento su caminar, se secó la pertinaz e incomoda lluvia que lavaba su cara, de manera determinada se volvió contra este simple espectador y con la misma dignidad de quien se encuentra fastidiado por la forma como se le observa y me dijo:
-Doctor, si sigue mirándome se va a resfriar, con la lluvia que esta cayendo.-
Ahí entendí lo impertinente que había sido, - si carlos Julio- nos vemos - pasa por la oficina necesito lustre en los zapatos-
La lluvia siguió cayendo con la misma intensidad, es la Bogotá de siempre, fría, sucia, distante, impersonal y sola.